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Solidaridad con Japón

PRAGA - El devastador terremoto y tsunami que azotó Japón el 11 de marzo ha causado enormes daños físicos - agravados por la amenaza de un desastre nuclear- en las zonas costeras del noreste del país, y ha reavivado graves temores en el único país que ha experimentado plenamente el potencial de horror que reside dentro de un átomo. Miles están desaparecidos, cientos de miles han sido desplazados y millones se encuentran sin agua, comida o calefacción, bajo temperaturas cercanas al punto de congelación. Se teme que el número de muertos supere los 15.000.

Debido a que Japón es un país rico, algunas personas pueden tener la tentación de considerar que está en posición de llevar a cabo por su cuenta la mayor parte de los esfuerzos de reconstrucción. Después de todo, se podría argumentar, en un mundo post-crisis económica -con escasos recursos públicos y privados-, los esfuerzos de socorro deberían centrarse sólo en los países y pueblos más pobres.

Sin embargo, la magnitud de la catástrofe que enfrenta Japón es tan monumental que exige nuestra ayuda. Un sentimiento compartido de solidaridad humana es tan importante para los ciudadanos de los países poderosos como lo es para los países más pobres. De hecho, esa solidaridad, cuando se expresa en momentos como este, puede generar sentimientos de gratitud y confianza que pueden durar por generaciones.

La amenaza que plantea la crisis de los reactores de la planta nuclear de Fukushima es quizás la más cruda manifestación imaginable de que vivimos en un mundo interdependiente, en el que los gobiernos deben colaborar de nuevas formas de garantizar nuestra salud y seguridad. De hecho, para cooperar de esta manera será necesario el surgimiento de una nueva sociedad civil global, cuyos cimientos se puede construir solo con el tipo de solidaridad internacional que Japón necesita ahora.