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Sonrisas a orillas del Rhin

El 23 de febrero, un día después de dirigirse a los aliados de los Estados Unidos en Bruselas, el Presidente George W. Bush se reunirá con el Canciller alemán Gerhard Schroeder en la antigua ciudad de Maguncia, a orillas del Rhin. Tras las secuelas de la aventura iraquí de Bush, los dos países –tan fundamentales para la relación transatlántica en el pasado- vuelven a hablarse.

Pero, por grato que sea el regreso a la cordialidad, no es más que eso. Si ahora Bush y Schroeder muestran al mundo lo bien que se llevan, no es porque estén a punto de iniciar una nueva relación, sino porque conviene a sus intereses tácticos. Si el pasado mes de noviembre los americanos hubieran elegido a John F. Kerry y no a George W. Bush, ambas partes verían esa reunión como un nuevo comienzo, rebosante de cordialidad personal, pero los dos siguen dudando de que se puedan superar las graves divisiones del pasado.

De modo que la reunión de Maguncia será una de esas visitas diplomáticas de cortesía en las que se minimizan importantes diferencias bilaterales. No va a haber una coincidencia de mentalidades entre Bush y Schroeder, porque sostienen opiniones opuestas sobre la mayoría de las cuestiones decisivas.

Pensemos en la que puede ser la más polémica, la de cómo abordar el programa nuclear del Irán. Alemania ha estado decidida, junto con Francia y Gran Bretaña, a lograr que el Irán interrumpa su programa de enriquecimiento de uranio mediante incentivos y negociación. Si bien los Estados Unidos han acogido ahora con agrado explícito la iniciativa europea, siguen siendo claramente escépticos y no están dispuestos a unirse a ella, con lo que debilitan las posibilidades de que dé resultado. El fracaso movería a los Estados Unidos a intentar lograr la condena reglamentaria del Irán por parte del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, acompañada de sanciones.