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Sexo, Berlusconi y la cama de Putin

ROMA – Las hazañas políticas y sexuales de Primer Ministro italiano, Silvio Berslusconi, aparecen en los titulares de todo el mundo y no sólo en la prensa sensacionalista. Esas historias apenas serían algo más que graciosas –cosa que son, desde luego–, si no fueran tan perjudiciales para Italia y reveladoras de la inmóvil política de este país.

Pues, pese a los numerosos escándalos, “el Silvio nacional” ( Il Silvio Nazionale ) sigue siendo, con mucha diferencia, el político más popular y de mayor éxito de Italia (si bien ahora, por primera vez desde su segundo regreso al cargo de primer ministro en 2008, sus índices de aprobación han bajado por debajo del 50 por ciento en las encuestas de opinión).

Parte de la razón a la que se debe la longevidad de Berlusconi, pese a sus numerosos tropezones, es cultural. Como en otros países latinos o mediterráneos con una fuerte tradición católica, la sociedad italiana aprendió hace mucho a aceptar con serenidad una vida de duplicidad: por una parte, un fuerte apego a los valores de la Iglesia y de la familia y, por otra, una segunda vida –a veces a plena luz del día–, compuesta de amantes y otras conexiones “equívocas”.

Los dirigentes políticos católicos italianos de la actualidad practican con frecuencia ese estilo de vida. En los últimos años, aparte del propio Berlusconi, otros divorciados, como el dirigente del partido católico centrista, Pier Ferdinando Casini, y el Presidente del Parlamento, Gianfranco Fini, podían perfectamente pronunciar por la mañana discursos apasionados sobre la importancia de la unidad de la familia tradicional y el carácter sagrado del matrimonio, asistir por la tarde a una conmovedora audiencia con el Papa y después correr por la noche a reunirse con sus parejas y madres de sus últimos hijos, con las que no estaban casados.