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MOSCÚ Soldados de la OTAN desfilando en la Plaza Rojael Día de la Victoria en Europa; Moscú aceptando una resolución de transacción de la controversia que mantenía desde hacía cuarenta años con Noruega sobre la frontera marina; la imagen del Primer Ministro Vladimir Putin arrodillado ante el monumento conmemorativo de los oficiales polacos asesinados por Stalin en Katyn: se trata de algunas vislumbres de lo que un periódico europeo calificó de una Rusia más amable, más afable, pero inmediatamente surgen tres preguntas ¿es real? ¿A qué se debe el cambio? ¿Y cómo reaccionar ante la nueva política exterior de Rusia?

En este caso, lo que se ve es lo que hay. El tono de Rusia, en particular para con los Estados Unidos, comenzó a cambiar el año pasado, pero el apoyo del Kremlin a una cuarta resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre la aplicación de sanciones al Irán demuestra que no son puramente formales. Además, acceder a reivindicaciones territoriales en el Ártico –lo que estaba en juego en la controversia con Noruega– no es un asunto menor.

La visita conjunta a Katyn de Putin junto con el Primer Ministro polaco, Donald Tusk, en abril fue, naturalmente, simbólica, pero las conversaciones serias entre esos dos hombres comenzaron el pasado mes de septiembre, durante la visita de Putin a Danzig para conmemorar el septuagésimo aniversario del comienzo de la segunda guerra mundial. Al gesto de arrodillarse siguió, tres días después, el de que unos funcionarios rusos se tomaran la molestia de ayudar en la investigación del accidente aéreo en Rusia que mató al Presidente polaco Lech Kaczynski y a decenas de dignatarios polacos y rendir tributo a las víctimas.

En mayo, en un documento interno y, al parecer, auténtico del Ministerio de Asuntos Exteriores se manifestaba con claridad que ahora el Kremlin concede prioridad a las relaciones con los Estados Unidos y Europa. Todo esto está a años-luz de la utilización de la Plaza Roja para comparar las políticas de George W. Bush con las del Tercer Reich, reanudar las patrullas aéreas a lo largo de la costa de Noruega y en el Atlántico septentrional y el Caribe o amenazar a Polonia con el despliegue de cohetes Iskander en Kaliningrado.