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La política visual del terror

NUEVA YORK – El artista británico Damien Hirst dijo una vez que el ataque al World Trade Center de Nueva York en 2001 había sido una “especie de obra de arte de por sí. Fue un acto malvado, pero pensado para lograr un impacto visual”. Trece años después, aunque los gobiernos occidentales pueden describir en términos estratégicos la amenaza del Estado Islámico a Medio Oriente, todavía no terminan de procesar su asalto visual sobre los medios de comunicación globales.

Igual que Osama bin Laden y Al Qaeda, parece que el Estado Islámico comprende el efecto que puede tener la presentación morbosa de actos violentos sobre la imaginación pública. La ironía, por supuesto, es que con su explotación de estas imágenes de violencia “pornográfica”, el Estado Islámico contradice su condena a la estimulación visual en otros ámbitos de la vida. De hecho, sus videos llevan la excitación sensorial al límite. Como un algoritmo pensado para entrar en la red digital de un adversario, las cuidadosas escenificaciones del Estado Islámico, con sus decapitaciones de periodistas y trabajadores humanitarios estadounidenses y británicos, lograron abrirse paso en la psiquis occidental.

Una psiquis a la que hace mucho se la prepara para recibir imágenes perturbadoras. La debilidad de los medios electrónicos por la violencia gráfica se convirtió en la fortaleza del Estado Islámico.

La política visual del terror puede parecer primitiva, pero su práctica puede ser tan sofisticada cuan profundos sus efectos. Como los antiguos conquistadores, que erigían nuevos templos donde antes se alzaban los templos de los conquistados, los destructores de las Torres Gemelas usaron el terror visual para asestar un golpe al corazón del sistema de valores de su enemigo. Es lo que busca el terrorismo: desestabilizar la realidad normativa del contrario. Una vez puesta en duda la seguridad del mundo familiar y violados sus santuarios, habrá vía libre para iniciar la ocupación.