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La mina de oro de la diáspora

CAMBRIDGE – Muchos países tienen diásporas de importancia, pero esto no es algo de lo que suelen estar orgullosos. Después de todo, la gente no tiende a salir de un país exitoso, de modo que la diáspora suele recordar los momentos negros de una nación.

Para citar el ejemplo de sólo tres países, en 2010 más del 10% de la población nativa de El Salvador, Nicaragua y Cuba vivía en el exterior. Y esta cifra no toma en cuenta a sus descendientes. La mayor parte de esta emigración se produjo durante guerras civiles o revoluciones. En otras naciones, la emigración masiva tuvo lugar dentro de un contexto de cambio político, como en Europa cuando colapsó el comunismo.

La relación entre las diásporas y sus patrias con frecuencia abarca una amplia gama de sentimientos, entre ellos, la desconfianza, el resentimiento, la envidia y la enemistad. En términos coloquiales, cuando se habla de una ola de emigración, se dice que fue un período en que un país "perdió" una cierta proporción de su población.

No obstante, quienes dejan un país no desaparecen. Continúan estando vivos y socialmente activos. En consecuencia, se pueden convertir en un activo valioso no sólo para su nación de destino sino también para su país de origen.