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La farsa del referendo

NUEVA YORK – Los referendos son furor en Europa: en junio, los votantes británicos decidirán si el Reino Unido seguirá formando parte de la Unión Europea; y el gobierno húngaro ha llamado a un referendo sobre la aceptación de su cuota de refugiados, fijada por la UE. El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ya ha dicho que Hungría se resistirá a dejarlos entrar. «Todos los terroristas son básicamente migrantes», afirmó. Probablemente el resultado del referendo coincida con su postura.

Tal vez el referendo más extraño tendrá lugar en abril en los Países Bajos, después de una campaña exitosa para convocarlo. Se preguntará a los ciudadanos neerlandeses si los Países Bajos deben firmar un acuerdo de asociación entre la UE y Ucrania. Todos los demás miembros de la UE ya lo han aceptado, pero sin los neerlandeses no puede ser ratificado.

Uno pensaría que los detalles de los acuerdos comerciales y las barreras tarifarias con Ucrania desconcertarían a la mayoría de los votantes neerlandeses, y también podríamos preguntarnos por qué les importaría lo suficiente como para llevar a cabo un referendo, pero los referendos concuerdan con el humor populista que se está extendiendo a lo largo de muchos países, desde los EE. UU. de Donald Trump hasta la Hungría de Orbán.

Los referendos son un ejemplo de lo que se conoce como «democracia directa». La voz del pueblo (o, mejor dicho, del Pueblo) no se hace oír a través de sus representantes electos en el gobierno, sino en forma directa mediante plebiscitos. Cuando Winston Churchill sugirió en 1945 que el pueblo británico debía votar en un referendo sobre si continuar o no con el gobierno de coalición de la guerra, el líder laborista Clement Attlee se opuso. Afirmó que los referendos son poco británicos y constituyen «un dispositivo de dictadores y demagogos».