Recuperar la cuestión de la inmigración

LONDRES – El mes pasado, pocas horas después de la elección en la que el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, obtuvo su segundo mandato, comenzó a cobrar sustento la idea de que mucho había contribuido a su victoria el apoyo mayoritario de los votantes hispanos. El Partido Republicano, tradicionalmente identificado con la línea dura en temas de inmigración, de pronto empezó a hablar de la necesidad de introducir reformas amplias. En opinión de los expertos, si los republicanos se resistían a hacer estos cambios, perderían a la próxima generación de votantes hispanos y dejarían al partido relegado en forma casi permanente al lugar de la oposición.

Puede que sea cierto, puede que no. Pero la elección en Estados Unidos traerá consecuencias para la cuestión de la inmigración que van más allá de la mera conveniencia electoral (y que pueden ser instructivas para los gobiernos de todo el mundo). La increíble rapidez con que los partidarios de políticas anti-inmigración abandonaron esa postura indica que la mayoría de los estadounidenses quiere, sobre todo, que se adopte un enfoque racional y que sus dirigentes se hagan cargo del tema en vez de esquivarlo.

Cuando se trata de la inmigración, los políticos suelen actuar movidos por el temor, tendencia que se agudizó desde el inicio de la crisis financiera internacional. El ascenso del extremismo nacionalista en lugares como Grecia y Finlandia reforzó la idea de que políticamente es mejor no hablar de inmigración, a menos que sea en contra. Por eso, o bien los políticos tratan el tema relacionándolo con cuestiones de seguridad fronteriza e identidad cultural o bien lo evitan.

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