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Cuando los académicos avalan a los predadores

WASHINGTON, DC – ¿Son aún las grandes universidades estadounidenses los templos del saber, las fuerzas directrices del progreso tecnológico, las proveedoras de oportunidades que alguna vez fueron? ¿O se han convertido, en parte, en cómplices inescrupulosos de élites económicas cada vez más rapaces?

Cerca del final de Inside Job, documental de Charles Ferguson por el que ganó un Óscar [conocido en español como Dinero sucio o Trabajo confidencial], el director entrevista a varios importantes economistas y les pregunta por su labor remunerada como propagandistas de las prácticas deshonestas y la excesiva asunción de riesgos a las que se entregó el sector financiero en las preliminares de la crisis de 2008. Algunos de estos destacados académicos recibieron sumas importantes por promover los intereses de grandes bancos y otras empresas del sector financiero. En el documental y en un libro reciente muy revelador, Predator Nation [Nación de predadores], Ferguson muestra que muchos ejemplos de esas remuneraciones todavía no terminan de salir a la luz del día.

A las actividades de estos bancos les cabe perfectamente el calificativo de “predatorias”. Pero como la caída de estas instituciones causaría graves perjuicios al resto de la economía, se les otorgan medidas de protección exclusivas; por ejemplo, líneas de crédito especiales financiadas por los bancos centrales y regulaciones más flexibles (medidas que ya se han anticipado o anunciado hace pocos días en los Estados Unidos, el Reino Unido y Suiza).

Estas medidas alientan a los directivos de los bancos a empeñarse en un gran número de apuestas muy arriesgadas, que en parte no son otra cosa que juegos de azar. Los bancos ganan si las cosas salen bien, pero el riesgo de pérdidas es, en gran medida, problema de otros. Es un esquema de subsidios estatales, peligroso y sin transparencia, que en definitiva supone enormes transferencias de dinero de los contribuyentes a unos pocos financistas encumbrados.