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La guerra de Pakistán consigo mismo por Ayesha Haroon

A pesar de que todas las partes –el ejército y el gobierno paquistaníes, así como los países occidentales- conocen la escala de las recientes acciones del ejército en Swat y Buner, millones de inocentes fueron dejados a su suerte mientras llovían las bombas desde el cielo. No fueron evacuados. Tuvieron que caminar muchos kilómetros, durante días, para ponerse a salvo.

Mientras tanto, es evidente que Estados Unidos y el ejército paquistaní creen que su única responsabilidad es contener a los talibanes. De hecho, sólo cuando la masa de desplazados internos llegó al millón y medio de personas -el peor desastre humanitario desde el genocidio de Ruanda- los países extranjeros, incluido Estados Unidos, se decidieron a entregar ayuda de emergencia.
Si el gobierno de Pakistán y sus amigos no aceptan que este sufrimiento humano se podía revenir, ocurrirá una cadena de desastres similares a medida que la acción del ejército aumente en Waziristán y otras áreas del país.
La administración de Estados Unidos está extremadamente preocupada por los avances de los talibanes en Pakistán, al igual que lo está el pueblo paquistaní. Pero tienen diferentes tipos de preocupaciones, y eso explica sus percepciones inherentemente distintas de la situación.


El gobierno y los medios de Estados Unidos centran su retórica en la posibilidad de que el arsenal de Pakistán caiga en manos de los talibanes. La otra preocupación occidental obvia -expresada recientemente por el Primer Ministro británico Gordon Brown- es la amenaza de un “crisol del terrorismo” en las áreas fronterizas de Afganistán y Pakistán, que ponga en peligro la seguridad mundial.
Por otra parte, los paquistaníes son la gene que vive en carne propia esa amenaza. Los innumerables ataques y bombazos en todo el país, el asesinato de Benazir Bhutto, y las imágenes de charcos de sangre cubiertos de moscas que la televisión muestra rutinariamente han terminado por destrozar sus nervios.
Ahora los talibanes atacan escuelas de niñas y flagelan mujeres. Esto no es Pakistán. Si hubiera sido parte del espíritu de Pakistán, los talibanes no habrían necesitado atacar escuelas en Swat: la gente habría retirado sin problemas a sus hijas de ellas. Los hombres y mujeres de la calle en Swat creen en la educación, pero los talibanes los aterrorizaban y les impedían ejercer sus derechos legales y constitucionales.
Esta rama ideológica wahabita, analfabeta y armada, fue importada -como admitiera recientemente la Secretaria de Estado Hillary Clinton ante el Comité de Apropiaciones de la Cámara Baja- por EE.UU. desde Arabia Saudita y otros países de Oriente Próximo con el fin de socavar la ocupación soviética en Afganistán desde los años 80. Una vez que la misión se logró y los soviéticos desaparecieron, se dejó que el virus wahabita se difundiera por las áreas fronterizas de Pakistán.
En los ocho años de la dictadura del General Pervez Musharraf, Estados Unidos y el ejército paquistaní lucharon contra los talibanes en las regiones tribales de Pakistán. Sólo ocasionalmente se informó “oficialmente” de los combates. Se negó el acceso al área a medios de comunicación independientes. Muchos corresponsales locales fueron asesinados en circunstancias sospechosas.
Había una razón sencilla de que Musharraf fuera el niño consentido de Occidente: cumplía. Él y el ejército paquistaní entregaron varios de los miembros más buscados por Estados Unidos: Khalid Sheikh Mohammed, egipcios, yemeníes, sauditas y demás.

Sin embargo, para los paquistaníes el régimen marcial de Musharraf castró las libertades civiles, presionó a los medios de comunicación siempre que le desagradara su contenido editorial, aumentó enormemente la injerencia de los servicios de inteligencia en la política, e hizo caso omiso de los genuinos reclamos de un pueblo desprotegido.
Ocho años y muchos miles de millones de dólares después, los talibanes paquistaníes se apropiaron de la región de Swat, sembrando el terror en el distrito vecino de Buner y  generando alarma y consternación en el resto de Pakistán.
El Pakistán post-Musharraf es una democracia más bien frágil. Incluso hoy, la prioridad del gobierno sigue siendo matar y bombardear. No hay esfuerzos genuinos por dar normalidad política a las áreas afectadas, ni comprensión de lo que implica la democracia. Ni siquiera hay dinero para equipar a los hospitales de Peshawar y el resto de Pakistán con bancos de sangre y unidades de tratamiento de urgencia adecuadas, a pesar de la internación constante de víctimas de las bombas.