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Nuestra crisis posmoderna

BERLÍN – El fin de semana del 7 al 9 de mayo, la Unión Europea se asomó al abismo del fracaso histórico. Estaba en juego el destino del euro y, con él, el de la unificación europea como un todo.  Nunca antes desde la firma del Tratado de Roma en 1957 había estado Europa en un peligro político de tales proporciones. En la superficie, el orden del día era la estabilización financiera de Grecia y la moneda común europea, pero el título real del drama era "Salvar a los bancos, Parte II".

Si Grecia hubiera caído en el impago, se habrían visto amenazados no solamente Portugal, España y otras economías débiles de la eurozona, sino que Europa habría sufrido una corrida bancaria sobre sus valores. Eso, a su vez, habría detonado el colapso de los bancos y compañías de seguros supuestamente "demasiado grandes como para caer", no sólo en Europa sino en todo el mundo.

Cuando los estados miembros de la UE se reunieron en Bruselas para enfrentar la crisis griega, el mercado interbancario -que es clave para la liquidez de las instituciones financieras- se había comenzado a congelar, igual que después del colapso de Lehmann Brothers en septiembre de 2008. Una vez más, el sistema financiero mundial estuvo al borde del precipicio. Sólo tras unir fuerzas para ofrecer un paquete de 750 mil millones de euros pudieron los estados miembros de la eurozona y el FMI prevenir otra caída sistémica.

Sin embargo, ¿cuántos rescates financieros tolerarán los pueblos de las democracias occidentales antes de que la crisis del sistema financiero global se transforme en crisis de la democracia occidental? La respuesta es clara: no muchos más.