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La inmigración y el poder americano

CAMBRIDGE – Los Estados Unidos son una nación de inmigrantes. Exceptuado un pequeño número de nativos americanos, todo el mundo procede de algún otro país e incluso los inmigrantes recientes pueden alcanzar altos puestos políticos y económicos. En cierta ocasión el Presidente Franklin Roosevelt se dirigió a las Hijas de la Revolución Americana, grupo que se jactaba de la temprana llegada de sus antepasados, con estas famosas palabras: “Compañeros inmigrantes”.

Sin embargo, en los últimos años la política de los EE.UU. ha tenido un fuerte sesgo antiinmigrante y esa cuestión ha desempeñado un papel importante en la batalla por el nombramiento del candidato a la presidencia del Partido Republicano en 2012, pero la reelección de Barack Obama ha demostrado el poder electoral de los votantes latinos, que rechazaron al candidato republicano, Mitt Romney, por una mayoría de tres a uno, como los asiático-americanos.

A consecuencia de ello, varios destacados políticos republicanos están instando ahora a su partido a que revise sus políticas antiinmigración y en el programa al comienzo del segundo mandato de Obama hay planes para reformar la inmigración. Una reforma lograda será un paso importante para prevenir la decadencia del poder americano.

Los temores por las repercusiones de la inmigración en los valores nacionales y en un sentido coherente de la identidad americana no son algo nuevo. El movimiento del siglo XIX “Know Nothing” se basó en la oposición a los inmigrantes, en particular los irlandeses. A partir de 1882 se señaló a los chinos para su exclusión y con la más restrictiva Ley de Inmigración de 1924 se aminoró el ritmo de la inmigración en general durante los cuatro decenios siguientes.