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No más evasivas genocidas

''Nunca más'', declaró el mundo después del Holocausto. Sin embargo, el lema del medio siglo que ha transcurrido desde entonces, por lo menos en lo que se refiere a la respuesta mundial al genocidio, podría expresarse mejor como ''una y otra vez'' o, en cualquier caso, ''no importa''.

En efecto, siempre que empieza un genocidio, la respuesta del mundo (sobre todo la de los líderes de Occidente) suele ser darle la espalda. Desde el intento de Hitler por erradicar a los judíos europeos hasta la exterminación de los tutsis a manos de los hutus en Ruanda, los encargados del diseño de políticas se muestran reacios a intervenir política, económica o militarmente para obstruir la destrucción dirigida en contra de minorías. En general, incluso se han abstenido de denunciar a los culpables, aferrándose a una falsa neutralidad o refugiándose en la bruma de la ''información incompleta''.

Millones de bengalíes, camboyanos, kurdos, bosnios y ruandeses pagaron el precio de esta falta de acción, como antes lo hicieron millones de judíos y de armenios. Sin embargo, ese precio también se nos cobra a todos los demás, porque cuando a los extremistas se les permite eliminar a sus vecinos, las víctimas frecuentemente se radicalizan y se militarizan. Buscan ajustar viejas cuentas no sólo contra quienes cometieron el genocidio, sino también contra quienes les permitieron hacerlo.

Hay muchos en el mundo islámico que señalan los años de inacción en Bosnia por parte de Europa y los Estados Unidos como una de las raíces de su resentimiento. Los asesinos en potencia aprenden que el odio y las matanzas masivas son herramientas de Estado legítimas o, al menos, efectivas. Los gobiernos occidentales se hicieron de la vista gorda cuando Saddam Hussein asfixiaba con gas a los kurdos del norte de Iraq en 1987-88, pero puede suceder que sus agentes usen los químicos que pusieron a prueba ahí en contra de Berlín, Londres o Washington.