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La futilidad del mal

NUEVA YORK – En 2002, durante una visita a Ramala, el Nobel de Literatura portugués José Saramago comparó las condiciones de vida de los palestinos en Cisjordania con el exterminio de judíos en Auschwitz. Este extraordinario comentario provocó un escándalo internacional, pero Saramago afirmó que, como intelectual, era su deber «hacer comparaciones emocionales que sacudan a la gente para que comprenda».

Sin embargo, Saramago no fue el primero (y seguramente tampoco será el último) en condenar las acciones del Estado judío invocando el intento de la Alemania nazi de aniquilar al pueblo judío. En el último volumen de Un estudio de la historia (1961), el historiador británico Arnold J. Toynbee afirma que, a través del sionismo, «los judíos occidentales han asimilado la civilización gentil occidental de la peor forma posible. Han asimilado el nacionalismo y el colonialismo occidentales». En su opinión, «la confiscación de casas, tierras y propiedades de los 900 000 árabes palestinos devenidos refugiados» estaba «en el mismo nivel moral que los peores crímenes e injusticias que cometieron en los últimos cuatro o cinco siglos los conquistadores y colonizadores gentiles del Occidente europeo en ultramar».

Todas estas afirmaciones son absurdas: equiparar los crímenes del Occidente gentil con la «civilización gentil occidental»; dar a entender que la mayoría de los judíos europeos que emigraron a Israel eran nacionalistas, conquistadores y colonizadores, en vez de refugiados que huían de pogromos y genocidios; y tratar de establecer una equivalencia moral entre la confiscación de tierras y propiedades palestinas (por censurable que sea) y la violencia extrema de los colonizadores occidentales contra pueblos no occidentales. Sólo cabe esperar que Toynbee no estuviera pensando también en los crímenes de la Alemania nazi.

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