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El problema del precio del petróleo en Oriente Medio

CAMBRIDGE – Entre 2014 y 2016, los ingresos de los países exportadores de petróleo de Oriente Medio cayeron, en promedio, más de una tercera parte -o 15% del PIB-, y sus excedentes de cuenta corriente han oscilado violentamente a déficits de dos dígitos. A pesar de una leve recuperación reciente, la mayoría de los pronósticos predicen que los precios del petróleo se mantendrán en los niveles actuales durante mucho tiempo. De ser así, esto planteará una sacudida macroeconómica de proporciones históricas e implicará un cambio profundo para Oriente Medio.

La mayoría de los países productores de petróleo ya han comenzado a recortar gastos, a endeudarse y a recurrir a sus reservas. Pero los países con grandes desequilibrios externos, reservas bajas o deudas elevadas cada vez sentirán más restricciones financieras, si ya no las están experimentando hoy. Los precios bajos del petróleo afectarán a Argelia, Bahrein, Irak, Omán y Libia y Yemen -ambos asolados por la guerra- antes que a los países más ricos del Consejo de Cooperación del Golfo. Pero, en definitiva, el destino económico de cada país dependerá de las decisiones que tome hoy.

Los países productores de petróleo pueden recortar el consumo o mantenerlo mejorando la productividad. Naturalmente, cualquier país preferiría esto último, de modo que los gobiernos de la región hoy están intentando dejar atrás sus problemas diversificando sus economías.

Afortunadamente, la región está mejor posicionada para un despegue del crecimiento que en los años 1990, debido a las importantes inversiones en educación e infraestructura que se hicieron durante la última década de precios altos del petróleo. Pero para evitar recortes profundos en el consumo actual, cualquier estrategia de crecimiento creíble tendrá que anteponer las reformas estructurales inclusive a la estabilización macroeconómica, para que una falta de crecimiento no derive en una crisis financiera y genere recortes del consumo aún más profundos en el futuro.

Todavía está por verse si los gobiernos de la región hablan en serio cuando se refieren a implementar un cambio real. Las lecciones de la última crisis del petróleo, que se produjo inmediatamente después de un colapso de la industrialización liderada por el estado a mediados de los años 1980, fueron difíciles de asimilar. Como los gobiernos se habían endeudado para evitar hacer los ajustes necesarios durante la bonanza petrolera de 1973-1985, el eventual colapso precipitó una crisis de deuda. La mayoría de los países no tuvieron otra alternativa que recortar los gastos y aceptar una década perdida de crecimiento anémico. 

Desde entonces, los gobiernos de toda la región han recurrido a la cruda represión para mantener a raya el descontento público y la oposición política. Para fines de los años 1990, habían restablecido el equilibrio macroeconómico, pero las reformas estructurales que habían implementado eran apenas superficiales. Y cuando el crecimiento efectivamente regresó, en los años 2000, fue impulsado casi en su totalidad por otro boom petrolero.

Como en los años 1980, los gobiernos de la región hoy han amarrado los ingresos petroleros a los subsidios al consumo, el empleo en el sector público y la inversión pública. Cuando se necesita hacer ajustes, por lo general adoptan la forma de recortes fiscales, más que de reformas estructurales. Y esos recortes han afectado esencialmente la inversión pública, minando así las futuras perspectivas de crecimiento. Ahora que los precios del petróleo se han estancado, la inversión privada está decayendo, las firmas domésticas están ociosas y el desempleo está en aumento.

Más importante, los gobiernos en los países productores de petróleo están enfrentando un dilema político: un crecimiento económico más sólido, aunque deseable, exige que los regímenes asuman riesgos que podrían poner en peligro su propia supervivencia. Desacoplar los ingresos petroleros de los subsidios públicos exigirá un nuevo contrato social que no se base tanto en el consumo garantizado sino en una mayor autonomía personal.

Pero, si bien una economía diversificada presupone más espacio para la empresa privada, los gobiernos en la región, especialmente durante los períodos de bonanza, han tendido a favorecer a firmas con conexiones políticas y bloquear a las que consideraban una amenaza. Esta práctica siempre ha impedido la competencia, distorsionado el crédito bancario y reducido el dinamismo económico, pero ha ayudado a los autócratas a preservar su poder.

Desafortunadamente, este sistema de patrocinio y clientelismo se ha vuelto más arraigado desde la Primavera Árabe ya que, cada vez más, los gobiernos han tenido que comprar consentimiento político. Los exportadores de petróleo, con excepción de Libia y Yemen, pueden haber evitado cambios políticos importantes, pero la negociación autocrática -y cualquier intento por desarticularla- se ha vuelto más costosa.

Algunos regímenes se verán tentados a aferrarse al status quo, esperar una recuperación de los precios del petróleo y, mientras tanto, aplicar una mano más dura con la sociedad civil. Si esto sucede, la situación podría resultar mucho peor que en los años 1990. La gente de la región está cada vez más acostumbrada a los altos niveles de gasto estatal y la población descontenta que mostró la Primavera Árabe no ha desaparecido.

Aquellos países que opten por la reforma demandarán no sólo valentía política, sino también políticas muy bien diseñadas. En la mayoría de los países de Oriente Medio, la participación en el mercado laboral hoy está entre las más bajas del mundo, y los ratios energía-producción están entre los más altos. Para aumentar la productividad a la vez que se preserva la estabilidad social, deberían eliminarse los subsidios con el objetivo de mejorar la eficiencia, no simplemente hacer recortes fiscales. Y debería crearse un nuevo sistema de transferencia fiscal que respalde la inversión en lugar del consumo.

Sin embargo, los gobiernos no pueden simplemente liberalizar los mercados y confiar en que todo salga bien. El sector privado de la región necesitará un respaldo activo y sostenido para crecer y madurar. Manejar economías mixtas que incluyen empresas estatales y un sector privado incipiente requerirá disciplina, para que no se malgasten los activos productivos, o se los privatice a precios de liquidación.

Los desequilibrios externos plantearán el mayor desafío para la región. La flexibilidad del tipo de cambio no es particularmente útil cuando un país no tiene capacidad exportadora, y establecer controles de las importaciones y el tipo de cambio no haría más que generar corrupción y prácticas rentistas. Aun así, algunos países pueden tener espacio para aumentar los aranceles a ciertos bienes de consumo. Y si desarrollan fuentes de energía renovable y aumentan sus esfuerzos de conservación, pueden aumentar sus exportaciones de energía.

Es difícil predecir qué significará un futuro de bajos ingresos petroleros para Oriente Medio. Las élites de la región pueden abrazar el cambio o no hacer nada y arriesgarse a una caída precipitosa. El tiempo para elegir se está agotando.