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Evaluación de la oleada revolucionaria

NUEVA YORK – Hace tres meses, la predicción de que unas protestas populares no tardarían en derribar una dictadura en Túnez, en desalojar del poder a Hosni Mubarak en Egipto, en provocar una guerra civil en la Libia de Muamar el Gadafi y en sacudir a los regímenes desde Marruecos hasta el Yemen habría inspirado un profundo escepticismo. Sabíamos que la yesca estaba seca, pero no podíamos saber cómo o cuándo exactamente ardería. Ahora que así ha sido, ¿hasta dónde pueden llegar las llamas?

Algunos comentaristas han dado en llamar este momento la “primavera árabe”, un despertar que podría dejar permanentemente debilitada la autocracia en Oriente Medio. El efecto de contagio parece claro. Los países de toda la región tienen un gran número de jóvenes y demasiado pocos puestos de trabajo. Los precios de los alimentos están aumentando. La corrupción aviva la irritación.

En Egipto, los jóvenes, inspirados por las imágenes de la televisión por satélite y armados con las comunicaciones modernas, encendieron y avivaron el fuego. En vista de la fácil disponibilidad de esas tecnologías, su capacidad para catalizar las protestas podría traspasar fronteras en tiempos consideradas inexpugnables.

Pero, con su supervivencia en juego, los regimenes autoritarios son expertos en descubrir amenazas en los países vecinos y adaptarse para afrontarlas. Si bien la televisión por satélite, los teléfonos portátiles y las redes sociales en línea pueden obligar a algunos autoritarios a mostrarse más receptivos a las exigencias populares, también los gobiernos pueden utilizar las tecnologías para identificar y aislar las amenazas, vigilar las comunicaciones entre los activistas y transmitir sus propios mensajes o, en caso necesario, pueden bloquearlas, sencillamente.