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El patriotismo en la era de la globalización

LONDRES – La nueva gran divisoria en política, según Marine Le Pen, líder del partido francés de extrema derecha Frente Nacional, es entre los globalistas y los patriotas. El argumento es similar al que hacen los euroescépticos en el Reino Unido y el precandidato presidencial republicano Donald Trump en Estados Unidos. Pero es falso y peligroso a la vez.

También es un argumento que, a juzgar por los resultados de la segunda y definitiva vuelta de las elecciones regionales del 13 de diciembre, los votantes franceses (al menos) rechazan de plano. Dieron el 73% de sus votos a los rivales del Frente Nacional, que no consiguió ni una sola victoria.

Le Pen acusó a los partidos tradicionales de complotarse contra ella, y describió la cooperación entre sus rivales como un rechazo a la democracia. Su argumento es, por supuesto, el típico ejemplo de aquello de que las uvas estaban verdes; la razón de ser de los sistemas de segunda vuelta es obligar a los partidos y a sus simpatizantes a buscar consensos y formar alianzas. En tanto y en cuanto el Frente Nacional no encuentre un modo de hacerse de aliados, no conseguirá un avance electoral. (Lo mismo le ocurrirá probablemente a Trump.)

Esto no nos habilita a desestimar a la ligera la afirmación de Le Pen de que los que votan por su partido son los únicos patriotas reales. Le Pen apuntó a un mensaje potente que puede atraer a los simpatizantes de otros partidos. Por eso hay que refutarlo, en Francia y en otros lugares. El supuesto en que se basa su retórica nacionalista (decir que cerrarse es mejor para los intereses de un país que abrirse) es extremadamente peligroso.