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El último de los Sudeiri

LONDRES – Desde que el clan Al Saud fundó el reino al que dieron su nombre, en 1932, el ejercicio del poder en Arabia Saudita siempre estuvo envuelto en intrigas y conspiraciones palaciegas. Pero hoy las luchas intestinas del reino repercuten como nunca en la región y el resto del mundo.

La Casa de Saud es la familia gobernante más numerosa del mundo: incluye alrededor de 22.000 integrantes, entre los que hay una intensa rivalidad. Esta dinámica la puso en marcha el fundador del reino, Abdelaziz Al Saud, en su intento de asegurar a sus 43 hijos un papel como futuros gobernantes; y hoy se sostiene debido a la estrategia sucesoria del rey Abdalá.

El estatus de los príncipes sauditas depende de la tribu de su madre y de sus alianzas con otros miembros masculinos de la realeza. Desde el principio, el poder en Arabia Saudita se organizó en coaliciones de hermanos carnales, de las que la más importante fue el grupo de los “siete Sudeiri”, los hijos que tuvo Abdelaziz con su esposa Hissah Al Sudeiri. Tras el asesinato del rey Faisal en 1975 a manos de su sobrino, la rama Sudeiri de la familia se convirtió en la facción dominante. El hijo mayor de Sudeiri, Fahd, llegó a gobernar el país durante 23 años, el reinado más largo de cualquier rey saudita.

Pero en 2005, el ascenso al trono de Abdalá planteó un desafío directo a la autoridad de los hermanos Sudeiri. De hecho, tras la muerte de Fahd, el poder de los Sudeiri se redujo considerablemente, y sólo los príncipes herederos Sultán y Naif conservaron puestos clave.