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El reinicio de la revolución en Egipto

CAIRO – Es debatible que el primer presidente democráticamente electo en la historia de Egipto haya sido derribado por un golpe militar. Lo que es innegable es que las protestas del 30 de junio que precipitaron su caída fueron el movimiento de masas más grande que se haya visto en el país. También es un testimonio manifiesto del fracaso de la primera fase de la revolución egipcia.

Los políticos, generales y juristas no pudieron hacer a un lado sus intereses miopes para construir los fundamentos de una nueva república. Debió haberse evitado la destitución por la fuerza de un presidente democráticamente electo –la oposición liberal habría podido aliviar la furia popular exigiendo al gobierno que hiciera algunas concesiones hasta que se realizaran las elecciones legislativas, que se celebrarían más tarde este año. Con buenos resultados, habrían podido obligar a la Hermandad Musulmana de Morsi a aceptar los arreglos necesarios.

Las consecuencias más peligrosas del derrocamiento de Morsi se hicieron patentes el 8 de julio, cuando las fuerzas de seguridad abrieron fuego contra decenas de miles de simpatizantes que pedían su restitución y mataron a más de 50 personas. Ahora los egipcios temen un desenlace como el de Argelia en 1992, cuando los militares ignoraron las elecciones y desataron una sangrienta guerra civil, o el de Pakistán en 1999, cuando el general Pervez Musharraf encabezó un golpe que muchos celebraron – y pronto lamentaron – contra el primer ministro Nawaz Sharif.

Egipto está en su punto más volátil desde la caída del ex presidente Hosni Mubarak a principios de 2011. No obstante, los errores del pasado también han dado lecciones importantes a los egipcios sobre lo que se necesita para una transición exitosa.