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El nuevo regionalismo de América Latina

Vivimos en un mundo lleno de fronteras que se han trazado y vuelto a trazar a lo largo de la historia, escogidas por antojo o capricho, y con demasiada frecuencia defendidas con derramamiento de sangre. Siempre han sido imperfectas, y hoy sus imperfecciones son visibles de nuevas maneras.

Oleadas de inmigrantes que abandonan su patria debido a la desesperación y la pobreza suman las penurias de una nación a las de otra. El cambio climático causado por la destrucción del medio ambiente en un lugar puede generar inundaciones, tormentas, sequías y hambrunas en cualquier sitio, y la facilidad con que es posible viajar por el planeta hace que las enfermedades se propaguen más rápidamente. Cada vez más debemos reconocer que las fronteras no son muros infranqueables. No son más que líneas que hemos esbozado en el aire.

En pocas palabras, ninguna nación de este planeta cambiante y cada vez más pequeño puede enfrentar sus problemas de manera aislada. En ninguna región es esto más cierto que en América Latina y el Caribe, donde los desiguales soplos de la historia y las disímiles políticas nacionales han creado una diversidad de destinos para nuestros muchos pueblos. Hoy -algunas veces en diferentes naciones, otras veces dentro de ellas- una riqueza que alguna vez fue impensable coexiste con una pobreza extrema y las afecciones sociales que conlleva. La nuestra es una región de crueles contrastes.

Afortunadamente, muchos países de esta parte del mundo han reconocido que el bienestar regional se debe enfrentar como un reto regional. Tengo el orgullo de mencionar a Costa Rica entre ellos. Nuestra nación puede ser pequeña, pero nuestro compromiso de mejorar el bienestar de la región no es nada de menor.