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Hacia una alianza de esperanza

WASHINGTON, DC – Con el fin de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, los japoneses, llenos de profundo remordimiento, iniciamos un camino de reconstrucción y renovación de nuestro país. Las acciones de nuestros predecesores causaron un gran sufrimiento a los pueblos de Asia, y es algo que jamás debemos olvidar. En este sentido, sostengo los puntos de vista que expresaron otros primeros ministros de Japón antes que yo.

En virtud de nuestro remordimiento y de la admisión de nuestras acciones, los japoneses hemos creído por décadas que debemos hacer todo lo que podamos para contribuir al desarrollo de Asia y trabajar sin escatimar esfuerzos en pos de la paz y la prosperidad de la región.

Estoy orgulloso del camino que tomamos, pero no lo hemos recorrido solos. Hace setenta años, cuando Japón quedó reducido a cenizas, no pasó un mes sin que ciudadanos de los Estados Unidos enviaran o trajeran obsequios como leche para nuestros niños, abrigos e incluso cabras. Sí, en los primeros años después de la guerra, llegaron a Japón 2036 cabras estadounidenses. Los antiguos enemigos se convirtieron en íntimos amigos.

Y Japón fue el primero en beneficiarse con el sistema internacional de posguerra que promovió Estados Unidos, al abrir su propio mercado y abogar por una economía mundial liberal. Luego, a partir de los años ochenta, vimos el ascenso de la República de Corea, Taiwán, los países del grupo ASEAN y, no mucho después, China; países todos que emprendieron la ruta de desarrollo económico que el orden mundial abierto creado por Estados Unidos hizo posible.