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La inacabada reforma de Japón

TOKIO - A menudo se afirma que las revoluciones no ocurren cuando la gente está desesperada, sino en tiempos en que aumentan las expectativas. Tal vez eso explique por qué tienden a terminar decepcionando. Las expectativas -que se fijan demasiado altas para comenzar- no se cumplen, lo que causa rabia, desilusión y a menudo acciones de aterradora violencia.

El cambio de gobierno de Japón en 2009 -cuando el Partido Democrático de Japón (PDJ) rompió el monopolio de poder casi ininterrumpido del Partido Liberal Democrático (PLD) desde 1955- no fue una revolución. Sin embargo, más bien como la elección del primer presidente negro en los Estados Unidos, generó una abundancia de expectativas populares, prometiendo un cambio radical con respecto al pasado.

Esto fue aún más cierto en el caso de Japón que en el de los Estados Unidos. El PDJ no sólo puso muchos nuevos rostros en el poder, sino que iba a transformar la naturaleza de la política japonesa. Finalmente Japón se convertiría en una democracia completamente funcional y no un estado unipartidista de facto administrado por burócratas.

A juzgar por la prensa japonesa, así como la fuerte caída del PDJ en las encuestas, la desilusión ya se ha asentado. La burocracia permanente demostró ser resistente y los políticos del PDJ, no habituados al poder, cometieron errores. Uno de los peores fue el anuncio del Primer Ministro Naoto Kan en junio de un alza del impuesto al consumo justo antes de las elecciones para la Cámara Alta, en las que el PDJ perdió estrepitosamente.