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Vacas sagradas y política non sancta en la India

NUEVA DELHI – Estas últimas semanas, leer noticias en la India se volvió una experiencia muy desagradable. Sorprendentemente, el protagonista central de muchas es un animal de lo más pacífico e inocente: la vaca.

En un pueblo a una hora de Nueva Delhi, una turba asesinó a golpes a un musulmán al que rumores acusaban de haber matado y comido una vaca, animal sagrado para los hindúes. Otro hombre murió tras un ataque por parte de aldeanos que lo creían implicado en contrabando de ganado. Y un camionero fue asesinado en Udhampur (estado de Jammu y Cachemira), por rumores que lo implicaban en matanzas de vacas. Tres muertes en solo tres semanas.

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También hay funcionarios públicos implicados. Cuando hace poco el jefe de ministros de Karnataka (perteneciente al partido opositor Congreso Nacional Indio) declaró que si quería comer carne de vaca nadie podía impedírselo, un político del gobernante Partido Popular Indio (Bharatiya Janata Party) amenazó con cortarle la cabeza si lo hacía.

Veinte policías irrumpieron en la cantina de la representación oficial del estado de Kerala en Delhi porque en su menú se anunciaba un cocido de carne. A un legislador de Cachemira, el ingeniero Abdul Rashid, le embadurnaron la cara con pintura negra por organizar un “encuentro” en el que se sirvió carne. Y Manohar Lal Khattar, jefe de ministros del estado de Haryana (gobernado por el BJP), declaró que los musulmanes residentes en la India deben abstenerse de ella.

Es cierto que no han faltado otras historias repelentes de intolerancia que no tienen nada que ver con las vacas. Hace poco, dos niños de la empobrecida comunidad dalit murieron quemados en su propia casa, incendiada por matones de una casta superior. Un destacado intelectual público terminó con la cara bañada en tinta negra por organizar el lanzamiento de un libro de un ex ministro de asuntos exteriores paquistaní en Mumbai. Y fanáticos hinduistas irrumpieron en una reunión de la Junta de Control del Cricket para impedir que se discutiera la organización de un campeonato entre la India y Pakistán (que ahora parece poco probable).

Pero ninguno de estos incidentes fue tan dañino como los ataques a personas acusadas de no respetar la vaca sagrada. De hecho, una clara señal antiliberal del régimen del BJP bajo el primer ministro Narendra Modi ha sido volver a hacer de la vaca una herramienta de confrontación política. Y la reciente ola de ataques revela un serio problema en la trayectoria del país con Modi.

Por cierto, la vaca tiene un lugar en la política india hace mucho tiempo: la constitución incluye una cláusula que aboga expresamente por un movimiento gradual hacia la total prohibición de matar vacas (que ya se ha implementado en la mayoría de los estados).

Pero durante la mayor parte de la existencia de la India, se mantuvo como norma implícita una postura de “vivir y dejar vivir”: que cada cual hiciera su propia elección respecto de la carne de vaca y dejara a los demás hacer lo mismo. Yo mismo soy vegetariano, pero jamás consideré asunto mío lo que otros comen. Allí donde la carne de vaca fuera legal, la consumían no solo los musulmanes y otras minorías, sino también muchos hinduistas pobres que no pueden comprar otras clases de carne.

Pero eso solo fue posible en tanto el poder estuvo en manos de funcionarios relativamente liberales o moderados (incluidos los de un anterior gobierno de coalición del BJP). Pero al gobierno de Modi no parece caberle esa descripción. En cambio, está lleno de dirigentes que parecen más preocupados por lo que entra en las bocas de otras personas que por lo que sale de las suyas propias.

El gobierno de Modi dio voz a una clase peculiar de chauvinismo hinduista que adopta una afirmación militante de una interpretación estrecha de la fe. No se lo puede describir como “fundamentalismo”, porque el hinduismo es una religión singularmente desprovista de dogmas fundamentales: no tiene libro sagrado único, ni versión única de la divinidad y ni siquiera el equivalente de un día sagrado de descanso. De hecho, los hinduistas que comen carne de vaca y los que reniegan de ella por igual pueden hallar en los antiguos textos y escrituras de la religión argumentos que convaliden sus creencias.

Lo que el gobierno de Modi ha fomentado es más bien una forma de intolerancia subjetiva, cuyos partidarios, envalentonados por la mayoría absoluta del BJP, imponen su visión particular de lo que debería ser India, pese a quien pese. La reciente prohibición de la carne de vaca en el estado de Maharashtra (que amenaza dejar sin medios de vida a un millón de carniceros y camioneros musulmanes) no hubiera sido impuesta antes de ahora por ningún gobierno de estado ni apoyada por ningún gobierno nacional en Nueva Delhi.

Lo que está en juego no es la carne de vaca, sino la libertad. En general los indios se han sentido libres de ser ellos mismos, dentro de una sociedad dinámica y diversa. Esa libertad es lo que ahora los legisladores y seguidores del BJP ponen en tela de juicio.

La buena noticia es que ya surgió una reacción. Casi 40 distinguidos escritores y poetas han devuelto sus prestigiosos premios de la Sahitya Akademi (Academia Literaria) en protesta por el silencio de la academia y otros organismos gubernamentales tras el asesinato de tres intelectuales a manos de presuntos extremistas hinduistas. Ahora se les sumó un científico de primer nivel que devolvió su Padma Bhushan, la tercera condecoración más importante del gobierno. Conforme estos gestos llaman la atención sobre la explosión del chauvinismo hinduista, el apoyo a Modi ha comenzado a debilitarse.

Cuando Modi asumió el poder, los observadores extranjeros lo aclamaron como la clase exacta de reformador económico, decidido y promercado, que India necesitaba para hacer realidad todo su potencial. Durante la campaña electoral, Modi pareció darle más importancia a obtener buenos resultados económicos que a la política de identidad religiosa por la que es conocido su partido.

Para decepción de muchos, a la par que los logros económicos de Modi han sido escasos, los fanáticos religiosos están desatados y secuestraron su agenda de desarrollo. Y el silencio de Modi frente a todo esto confirma lo que muchos en India temían: que su discurso económico fuera meramente una estratagema para conseguir el poder. Ahora ese poder se está convirtiendo en una herramienta de la agenda inaceptable que promueven los chauvinistas hinduistas que hicieron posible su ascenso.

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En consecuencia hoy la política de la división tiene supremacía sobre la política económica constructiva. Por desgracia para la India, es probable que esto siga así hasta el día que las vacas vuelen.

Traducción: Esteban Flamini