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En recuerdo de Bronisław Geremek

Varsovia – Cuando un amigo muere inesperadamente, recordamos su rostro, su sonrisa, las conversaciones que quedaron truncas para siempre. Hoy puedo ver a Bronisław Geremek, que murió en un accidente automovilístico hace unas pocas semanas, en la cárcel de Białołęka y escuchar sus recios gritos desde detrás de las barras de la prisión situada en la calle Rakowiecka. Puedo ver y escuchar a Bronek en Castel Gandolfo, dirigiendo un discurso al Papa Juan Pablo II.

También lo veo durante las reuniones clandestinas de “Solidaridad” y durante las negociaciones de la Mesa Redonda de 1989; lo veo en nuestro Parlamento declarando el fin de la República Popular Polaca, y en CNN anunciando que Polonia se unió a la OTAN. Y recuerdo decenas de conversaciones privadas, debates y discusiones a lo largo de casi 40 años.

Bronisław Geremek era uno de nosotros, para citar las palabras de Joseph Conrad, escritor a quien admiraba. Fue un activista de la oposición democrática y de Solidaridad, que luchó por la independencia polaca y la libertad humana, y que pagó un alto precio por ello. Fue uno de los que desearon mantenerse fieles a la tradición del Levantamiento de Enero y las Legiones de Józef Piłsudski, a la tradición de los insurgentes del ghetto de Varsovia y el Levantamiento de Varsovia, a los valores del Octubre polaco y de la revuelta estudiantil de 1968, a los valores del KOR (Comité de Defensa de los Trabajadores) y de "Solidaridad".

Geremek sabía que la exclusión y la esclavitud destruyen la dignidad humana y degradan nuestra humanidad. Sabía que las dictaduras conducen a un debilitamiento moral. Valoraba la libertad, el verdadero conocimiento, el pensamiento independiente, el coraje del no conformismo, la belleza del romanticismo polaco, las conductas desinteresadas y la dignidad humana. Reaccionaba con repulsión a la bajeza moral, pero también con temor. Lo vio como una fuente de masas desechables, un depósito humano para movimientos totalitarios.