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Arrogancia imperial

A Estados Unidos, con sus pretensiones de excepcionalismo, se lo suele considerar como libre de analogías históricas. Pero las comparaciones con el destino de imperios anteriores se están volviendo cada vez más frecuentes.

Recientemente me sorprendió una analogía de la historia alemana: el desastre del liderazgo alemán durante la Primera Guerra Mundial, encarnado por el Kaiser Wilhelm II. Wilhelm asumió la corona en 1888 a los 29 años, después de que su padre liberal, que había reinado durante 88 días, sucumbiera a un cáncer de garganta. Su abuelo, Wilhelm I, había presidido las victorias militares de Prusia, que le permitieron a Bismarck crear el Reich unificado en 1871. En el lapso de dos años, Wilhelm II se deshizo de Bismarck. 

Wilhelm II se convirtió en el líder de un país en la cúspide de la dominación europea. Para los años 1890, Alemania era la potencia más fuerte del continente. Pero el poder genera oposición y los alarmados vecinos de Alemania empezaron a formar alianzas defensivas.  

Wilhelm ostentaba su poder absoluto, creyendo que había recaído en él por orden divina. Despreciaba al parlamento, cuyos poderes circunscriptos estaban establecidos en una constitución que él hacía alarde de nunca haber leído. Era inteligente, tal vez hasta talentoso, lo impresionaba el progreso tecnológico, pero también era ignorante e impulsivo; se regocijaba en las trampas del poder y se deleitaba con los uniformes. Su ostentación y extravagancia eran profundamente antiprusianas.