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Los derechos humanos requieren instituciones más sólidas

PARÍS – Esta semana hace sesenta años que las Naciones Unidas aprobaron la Declaración Universal de Derechos Humanos, la primera proclamación internacional de la dignidad y la igualdad de derechos inherentes a todas las personas. Aún hoy la Declaración Universal sigue siendo el punto de referencia más importante para el examen de los valores éticos por encima de las divisorias nacionales, ideológicas y culturales.

Sin embargo, la ilustrada concepción de la libertad individual, la protección social, la oportunidad económica y el deber para con la comunidad sigue sin cumplirse. Resulta trágico que vuelva a haber genocidios, esta vez en el Sudán. Un programa de seguridad intensificada desde los ataques a los Estados Unidos en septiembre de 2001 ha comprendido el intento de legitimar el recurso a la “entrega extraordinaria” (el traslado entre países de prisioneros y sospechosos sin el debido procedimiento judicial) y la tortura.

En el caso de las mujeres de todo el mundo, la violencia doméstica y la discriminación en el empleo son una realidad cotidiana. Las minorías padecen estigmas, discriminación y violencia en los países desarrollados y en desarrollo. Se deniega el derecho a la información a millones de personas mediante la censura y la intimidación a los medios de comunicación.

La pobreza es nuestra mayor vergüenza. Al menos a mil millones de personas muy pobres, el 20 por ciento de la Humanidad, se les deniegan diariamente los derechos básicos a una alimentación suficiente y al agua potable. Mientras persistan enormes desigualdades entre ricos y pobres, no podremos afirmar que estamos logrando avances hacia el cumplimiento de las ambiciones establecidas hace sesenta años.