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Para ayudar a Birmania

RANGÚN – En todo Oriente Medio y ahora en Birmania (Myanmar), ha vuelto a plantearse una de las grandes cuestiones de la política mundial contemporánea: ¿cómo pueden pasar los países de un autoritarismo desfalleciente a alguna forma de pluralismo autónomo? A su vez, los ministros de Asuntos Exteriores de todos los países afrontan cuestiones normativas fundamentales: cuando un país lanza semejante transición política, ¿cuándo deben ayudar otros países y cuál es la forma mejor de hacerlo?

Las transiciones logradas son, parafraseando a Tolstói, todas iguales, pero todas las transiciones no logradas lo son a su modo. Las transiciones logradas en gran parte de la Europa central a raíz del fin de la Guerra Fría se vieron facilitadas por el desplome del antiguo orden comunista de la noche a la mañana y su entrega del poder pacíficamente, lo que, junto con un apoyo generoso de la Europa occidental, los Estados Unidos y otros, contribuyó a infundir un talante favorable para la reconciliación, al permitir que cada uno de los países abordara de forma mesurada y no vengativa las numerosas cuestiones morales resultantes del obscuro pasado reciente.

Tal vez sobre todo, esas transiciones se produjeron dentro de una red más amplia de instituciones legítimas –la Unión Europea, la OSCE, la OTAN y el Consejo de Europa– y adalides del Estado de derecho. Ese marco de apoyo brindó una hoja de ruta para las autoridades nacionales, a las que ayudó a construir instituciones democráticas y marginar a los extremistas.

En otras partes del mundo, la situación no es tan fácil. Los regímenes desacreditados pueden aferrarse aún más despiadada y ruinosamente al poder, como en Siria, o pueden crear toda clase de problemas nuevos en su salida del poder, como en Libia, o pueden estar esforzándose por introducir la rendición democrática de cuentas, al tiempo que mantienen la estabilidad, como en Egipto.