Paul Lachine

La arenilla es buena

PARÍS.– Los Estados Unidos son ampliamente reconocidos como los poseedores de los mercados de capitales más profundos, líquidos y eficientes del mundo. El sistema financiero estadounidense permite la asignación eficiente del capital, el desarrollo económico y la creación de empleos.

Esas frases y otras similares han sido moneda corriente entre los legisladores, los reguladores y las empresas financieras estadounidenses durante décadas. Incluso luego de la crisis financiera que estalló en 2008, fluyen desde los procesadores de texto en cien presentaciones que desafían la así llamada norma de Volcker (que prohibiría a los bancos invertir sus propios fondos). El lector casual asiente con la cabeza y continúa.

Pero hay señales de que estos supuestos actualmente están siendo desafiados. Antes de la crisis, las autoridades encargadas de la regulación se centraron principalmente en eliminar las barreras a las operaciones, favoreciendo generalmente medidas que completaban los mercados mediante la promoción de operaciones más rápidas y baratas de una gran variedad de activos financieros. Ya no es así. Por el contrario, actualmente son muchos quienes cuestionan el supuesto de que una mayor eficiencia de los mercados constituye siempre y en todas partes un bien público.

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