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Sin un céntimo en Atenas y en Bruselas

NUEVA YORK – La catástrofe griega acapara la atención mundial por dos razones. En primer lugar, estamos profundamente afligidos al ver el desplome de una economía ante nuestros ojos, con colas de indigentes para recibir comida y en los bancos que no se habían visto desde la Gran Depresión. En segundo lugar, nos sentimos consternados ante la incapacidad de innumerables dirigentes e instituciones –políticos nacionales, la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo– para impedir el accidente de un tren que avanzaba despacio y que se veía venir durante muchos años.

Si continúa esa mala gestión, no sólo Grecia, sino también la unidad europea quedará fatalmente socavada. Para salvar tanto a Grecia como a Europa, el nuevo plan de rescate debe comprender dos aspectos importantes y aún no acordados.

En primer lugar, se deben reabrir los bancos griegos sin demora. La decisión adoptada en la semana pasada por el BCE de retirar el crédito al sistema bancario de este país y con ello cerrar los bancos fue a un tiempo inepta y catastrófica. Esa decisión, forzada por la muy politizada Junta Ejecutiva del BCE, será estudiada –y despreciada– por los historiadores en años futuros. Al cerrar los bancos griegos, el BCE cerró en realidad toda la economía (al fin y al cabo, ninguna economía puede subsistir por encima del nivel de subsistencia sin un sistema de pagos). El BCE debe revocar su decisión inmediatamente, porque, de lo contrario, los propios bancos resultarían muy pronto insalvables.

En segundo lugar, un profundo alivio de la deuda debe formar parte del acuerdo. La negativa del resto de Europa y, en particular de Alemania, a reconocer la enorme deuda pendiente de Grecia ha sido la mayor mentira de esta crisis. Todo el mundo sabía la verdad –la de que Grecia nunca podrá saldar enteramente sus obligaciones actuales en materia de la deuda–, pero ninguno de los interesados lo decía. Los funcionarios griegos han intentado repetidas veces hablar de la necesidad de reestructurar la deuda recortando drásticamente los tipos de interés, prorrogando los vencimientos y tal vez reduciendo también el valor nominal de la deuda. Sin embargo, todos los intentos por parte de Grecia de plantear siquiera esa cuestión fueron brutalmente rechazados por sus interlocutores.