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Cinco razones por las cuales el lobo no viene

BUDAPEST – Cuando se trata de geopolítica, siempre hay mercado para el pesimismo. En este sentido, los últimos tiempos han sido de bonanza: The Economist, Foreign Affairs y muchas otras publicaciones menos exaltadas rebosan afirmaciones sobre el desmoronamiento del orden mundial, la decadencia terminal de la capacidad (y del deseo) estadounidense para salvarlo, y sobre lo ilusorio de las posibilidades de evitar un grave conflicto en la década entrante.

Abundantes eventos recientes –junto con los fantasmas de 1914 y 1939– han dado un espaldarazo a las reputaciones, los derechos de autor y los ingresos de los agoreros actuales. Tenemos el aventurerismo ruso en Ucrania, la reafirmación territorial de China –y la nueva ofensiva de nacionalismo japonés– en el este asiático; las continuas catástrofes en Siria y, en términos más amplios, la confusión en Oriente Medio; el resurgimiento de crímenes de atrocidades en Sudán del Sur, Nigeria y otros sitios de África; y la ansiedad por los renovados conflictos comunales en India después de la apabullante victoria electoral del nacionalista hindú Narendra Modi.

Pero, si bien las condiciones políticas mundiales distan de ser ideales –nunca lo son– hay abundantes motivos para creer que tampoco son tan terribles como muchos afirman. Estos son los cinco motivos más importantes para evitar perder tanto el sueño como proponen algunos entendidos.

En primer lugar, la Segunda Guerra Fría no está a la vuelta de la esquina. A Rusia y China no les gusta la apropiación estadounidense del liderazgo mundial, disfrutan molestando siempre que pueden, desean una mayor influencia regional y (al igual que EE. UU.) periódicamente dan la espalda al multilateralismo cooperativo. Pero ambos países están profundamente integrados al orden mundial existente y ninguno de ellos tiene el impulso ideológico, el interés económico, la capacidad física ni el apoyo de aliados para desafiarlo. Desean una mayor influencia en las instituciones internacionales, pero no derrocarlas.