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Pedir disculpas es lo más difícil

CANBERRA – Pedir disculpas, o no haberlas pedido, vuelve a ser noticia, y hace plantearse cuán útiles son las disculpas para resolver problemas internacionales. No hay duda de la efectividad de pedir disculpas sinceras oportunamente para resolver tensiones personales. Sin embargo, ¿se aplica lo mismo en la diplomacia?

En algunos casos recientes, el tema no ha sido más que un espectáculo molesto, como cuando el presidente afgano, Hamid Karzai exigió disculpas a los Estados Unidos el año pasado debido a las muertes de civiles no deliberadas –el precio, curiosamente, de permitir a los estadounidenses continuar defendiéndolo a él y a su país (los Estados Unidos comprensiblemente se negaron).

Sin embargo, en otros casos, sin duda es mucho más lo que está en juego. Desde noviembre pasado las relaciones bilaterales entre Indonesia y Australia han estado más frías que desde hace décadas, debido al verdadero disgusto del presidente, Susilo Bambang Yudhoyono con Australia porque este país se negó a ofrecer disculpas por haber intervenido su teléfono privado (y el de su esposa).

Asimismo, la visita en diciembre del primer ministro japonés, Shinzo Abe al santuario Yasukuni, que rinde homenaje a los muertos japoneses en las guerras –incluidos desde 1978, los criminales de guerra que cometieron los delitos más graves– ha vuelto a abrir heridas añejas y profundas entre los vecinos de Japón, que perciben una verdadera falta de arrepentimiento por haber lanzado una guerra agresiva y cometer atrocidades de guerra. Indudablemente, esto ha agravado el distanciamiento entre Japón y China debido a los reclamos recíprocos sobre las islas Senkaku/Diaoyu y el Mar Oriental de China.