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De crisis constitucional a crisis europea

Desde el trauma que significaron los votos “no” de Francia y Holanda contra el Tratado Constitucional propuesto por la Unión Europea, los sucesos han seguido su curso inevitable, sólo que más rápido que lo esperado.

La negativa francesa fue un contundente golpe a la credibilidad política del Presidente Jacques Chirac. De modo que éste hizo lo que los presidentes franceses suelen hacer en estas circunstancias: en lugar de admitir que los votantes franceses podían tener razón, despidió al Primer Ministro Jean-Pierre Raffarin, utilizándolo como chivo expiatorio y reemplazándolo por su protegido Dominique de Villepin, que nunca ha desempeñado un cargo electo.

Las opiniones difieren acerca de las razones del rechazo de Francia al Tratado Constitucional, pero la mayoría de los análisis sugieren que se trató de un voto de protesta contra el alto desempleo, amplificado por la percepción de que los nuevos miembros de la UE pertenecientes a Europa Central y del Este representan una amenaza para los empleos franceses. Como era de esperarse, Chirac inmediatamente reafirmó su fe en el modelo económico francés.

La implicancia más indudable del voto francés ha sido colocar un gran signo de interrogación sobre el futuro del proyecto tradicional de integración de la UE. En lugar de admitir tal cosa, Chirac se apresuró a reunirse con el Canciller alemán Gerhard Schröder, para que pudieran reafirmar en conjunto su tradicional alianza como líderes de este proyecto europeo, con la esperanza de que todavía sea posible rescatar el Tratado Constitucional. Ninguno de ellos ha sido capaz de decir cómo se debería hacer esto.