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Luchar contra el terrorismo democráticamente

Los atentados con bombas en Londres y Turquía han traído al primer plano las antiguas ideas de que los regímenes autoritarios están mejor equipados que las democracias para luchar contra el terrorismo y de que semejantes ataques son el precio que pagamos por la libertad. Para algunos, se trata de un precio que vale la pena pagar; para otros, los costos parecen demasiado altos.

Pero, si examinamos sus ejecutorias, vemos que las democracias cuentan con armas más eficaces para luchar contra el terror que los regímenes autoritarios. De hecho, cuando las democracias abandonan su ética y no se resisten a la tentación autoritaria es cuando se vuelven más débiles.

Naturalmente, la lógica en la que se basan los llamamientos para limitar nuestras libertades tiene un atractivo simplista: los extremistas aprovechan nuestras libertades para cometer sus crímenes, por lo que, para prevenir el abuso de la libertad, hay que reducir su alcance. Sin embargo, el error consiste en que las sociedades abiertas son más permisivas y vulnerables ante el terrorismo que las que viven bajo regímenes autoritarios. Basta con  observar la Rusia actual o recordar la Argelia del decenio de 1990.

Cierto es que la democracia y el Estado de derecho no brindan una garantía de seguridad infalible, pero esa garantía es un espejismo, en cualquier caso, mientras que el respeto de las libertades fundamentales y de los procedimientos debidos, al reprimir el terrorismo, es un instrumento poderoso para aislar a los extremistas y disminuir su legitimidad ante quienes podrían identificarse con su causa. Por ser Gran Bretaña una democracia que respeta el Estado de derecho es por lo que ha podido movilizar a amplios sectores de su comunidad musulmana.