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Para salir del laberinto de Oriente Medio

BERLÍN – Han trascurrido dos años desde que Barack Obama fue elegido Presidente de los Estados Unidos. Dice mucho en su favor –y en contraste con su predecesor inmediato– que, desde su primer día en el cargo, intentara avanzar hacia una resolución del conflicto entre israelíes y palestinos.

Dos años después, ¿son unas buenas intenciones lo mejor que puede ofrecer la nueva política de Obama? Al fin y al cabo, ningún resultado de valor han tenido. Peor aún es que, en vista de que las gestiones de Obama para imponer una moratoria permanente a la construcción de nuevos asentamientos en la Ribera Occidental han fracasado, las negociaciones directas entre las partes en conflicto hayan encallado.

Las buenas intenciones cuentan poco en la vida... y menos aún en la política. Lo que importa, por encima de todo, son los resultados.

El Presidente George W. Bush creía que sólo debía tener en cuenta uno de los dos papeles de los Estados Unidos en Oriente Medio, a saber, la alianza con Israel. No tuvo tiempo para el otro, el de mediador fundamental entre israelíes y palestinos, durante los ocho años de su presidencia. Todas sus iniciativas fueron encaminadas a apaciguar al público internacional. Todos sabemos en qué acabo todo ello.