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La inacabable Constitución de Europa

El 29 de octubre, los dirigentes de la Unión Europea se reunirán en Roma para firmar el Tratado Constitucional de la Unión. Indudablemente se oirán elogios de la excepcionalidad de ese documento y no se tratará de fanfarronadas, porque la Constitución de la UE no se parece a ninguna otra constitución jamás redactada.

La mayoría de las constituciones -incluida la americana- aspiran a "paralizar la Historia" o establecer un orden duradero que resista los vientos de cambio. De hecho, una constitución es por naturaleza un intento de "domeñar" la Historia, hacer que siga las leyes del hombre y no su propia lógica, sin excluir las contingencias inoportunas y los caprichos del destino.

En cambio, la Constitución de la UE está escrita con el sobreentendido de que las instituciones que establece son transitorias, distan de ser óptimas y sería deseable cambiarlas ahora mismo, si las realidades políticas lo permitieran. Pero las realidades políticas en la Europa actual no permiten la clase de documento que los firmantes querían en realidad redactar, por lo que la constitución que redactaron en realidad está concebida para crear un proceso de cambio evolutivo que motive mejoras suplementarias a lo largo del camino y que un día borren -es de esperar- las propias disposiciones que establece la Constitución de la UE.

De hecho, desde el comienzo, los arquitectos del Tratado Constitucional de la Unión nunca esperaron en serio que su proyecto durara en la forma en que lo redactaron, sino que consideraron que estaban siguiendo el arraigado modelo europeo de integración paso a paso.