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Ahuyentando a Los Fantasmas de La Irrelevancia

MADRID – De entre la vorágine de problemas económicos que nos rodea sigue sobresaliendo una afirmación que no conviene olvidar: la Unión Europea es la primera economía del mundo. Su PIB es de más de 15 billones y medio de euros, superior al de Estados Unidos, que se sitúa en segunda posición. La UE es también la segunda exportadora e importadora del mundo, tras China y Estados Unidos respectivamente, siendo responsable del 20% del comercio a nivel mundial; lo que nos convierte en la primera potencia comercial del planeta.

Sin embargo, los datos no esconden que el modelo institucional que ha permitido el actual nivel de integración ya no es suficiente para dar respuesta a los problemas generados por la crisis. Es necesario avanzar con mucha más determinación y rapidez en la profundización de la integración europea. Si no lo hacemos, existe un riesgo real de que el descontento social socave los cimientos de la UE antes de que podamos culminar el proceso de integración que solucione los problemas que ahora asfixian a millones de personas. Estos problemas no pueden desligarse de la manera en la que la Unión se presenta ante el mundo; una Unión que es ahora el principal foco de preocupación económica mundial. Para que la Unión Europea siga siendo sinónimo de futuro, tendremos que salir de este atolladero apostando por más integración. Y dicha integración, ineludiblemente, conducirá a una política exterior europea, unida, coherente y efectiva adaptada a un mundo que cambia a una velocidad vertiginosa.

La realidad sigue demostrando que el mundo hoy ya es multipolar. Lo que no está garantizado en absoluto es que el sistema internacional sea capaz de regirse mediante normas comunes adoptadas en foros multilaterales: sin una gobernanza global multilateral efectiva se crearán dinámicas mucho más peligrosas y potencialmente conflictivas que las hemos visto hasta hoy. Es precisamente aquí donde Europa tiene algo que decir y que ofrecer: sigue estando a la vanguardia de la innovación en el diseño institucional –una de las grandes demandas que exige este siglo– del que es su mejor y más exitoso ejemplo histórico.

Instituciones como la Organización Mundial del Comercio dan buena cuenta de los beneficios que debería reportar la cooperación multilateral, poniendo de manifiesto lo enormemente perjudicial que es la práctica del proteccionismo económico en el marco global en el que nos movemos.