sherif2_Sumit SaraswatPacific PressLightRocket via Getty Images_girls classroom Sumit Saraswat/Pacific Press/LightRocket via Getty Images

La educación tiene que ser lo primero

NUEVA YORK – La COVID‑19 está llevando al mundo al borde del abismo. La pandemia ya mató a más de 4,7 millones de personas, provocó un 4,6% de reducción del PIB mundial en 2020, y arrojó a la pobreza extrema a entre 119 y 124 millones de personas. Hoy una de cada tres personas en todo el mundo no tiene comida suficiente, mientras familias enteras deben abandonar sus hogares como resultado de guerras y desastres naturales causados por el cambio climático. Y las interrupciones que ello provoca en la escolarización aumentan todavía más la marginación de los niños afectados por las crisis.

Cuando en la Cumbre Humanitaria Mundial de 2016 se creó «La educación no puede esperar», un fondo internacional de Naciones Unidas para la educación en situaciones de emergencia y crisis prolongada, había en todo el mundo 75 millones de niños y jóvenes privados del derecho a la educación como resultado de guerras, desplazamientos y desastres naturales.

¿Cómo estamos cinco años después? Mientras la COVID‑19 sigue haciendo estragos en los países menos desarrollados y surgen nuevas crisis, la cantidad de niños no escolarizados creció hasta unos 128 millones. Esta cifra (un cálculo aproximado que probablemente aumentará al profundizarse las cada vez más numerosas crisis mundiales) ya es más que la población de Japón, o las de Francia e Italia combinadas. En tanto, los cierres de escuela todavía afectan a dos de cada tres estudiantes en todo el mundo. Es posible que muchos, y en particular las niñas, nunca vuelvan a la escuela a tiempo completo, con el consiguiente riesgo de aumento de casos de matrimonio infantil y trabajo infantil.

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