La democracia comienza en casa

La administración Bush ha puesto la expansión de la democracia al centro de su política exterior. Este es un llamamiento mucho más noble que simplemente ampliar la hegemonía estadounidense, pero cabe preguntarse: ¿es sincero Bush al plantear esto y comprende genuinamente lo que significa la democracia?

Alabó las elecciones municipales de Arabia Saudita, pero ¿qué hay de los derechos de las mujeres, incluido su derecho a voto? Saludó el derrocamiento del gobernante democráticamente electo en Venezuela (si es que no participó activamente en el complot), pero sigue apoyando al dictador militar de Pakistán. Critica al Presidente ruso Vladimir Putin, pero sólo después de que éste contraría sus intereses comerciales. Y puede plantear su inquietud sobre la concentración de los medios de comunicación en Rusia, pero se mantiene callado sobre este mismo fenómeno en Italia.

Hay una mancha de hipocresía en un sentido más fundamental. La administración Bush está en lo correcto al poner énfasis en la importancia de las elecciones, sin las cuales es inconcebible la democracia. No obstante, la democracia implica más que elecciones periódicas, y la legitimidad de éstas depende de la confianza pública en el proceso electoral mismo. En este sentido, las últimas dos elecciones presidenciales estadounidenses no han sido precisamente modelos para el mundo.

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