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La Europa que desafía a la muerte

En momentos que la Unión Europea se prepara para celebrar el aniversario 50 del Tratado de Roma este mes, la percepción generalizada es que la UE está en graves dificultades. Parece existir la sensación de que la integración europea tuvo su Waterloo en el año 2005, cuando los referendos holandés y francés rechazaron inesperadamente el borrador de constitución de la UE.

Los artículos de la prensa se centran en la parálisis que, se dice, afecta la toma de decisiones de la UE, pero la realidad es diferente. Lejos de sufrir un declive irreversible de su suerte, la UE ha seguido realizando sus actividades como de costumbre, emprendiendo sin estridencias la tarea de crear nuevas políticas y proyectos.

Veamos algunos titulares recientes. La UE está creando una estrategia energética y ambiental orientada a poner fin a la contraproducente competencia que se da al interior de Europa por el petróleo y el gas y, al mismo tiempo, poner al continente a la vanguardia global de las iniciativas para detener el cambio climático. Puede que la política exterior y de seguridad común de la Unión no signifique todavía que Europa hable al mundo con una sola voz, pero está cobrando forma y ya ha sanado algunas de las heridas causadas por los desacuerdos en torno a la guerra de Irak. Un elemento que tiene similar importancia es el hecho de que la integración económica de Europa continúa avanzando a paso firme, con un euro floreciente y la perspectiva de un mercado único para los servicios financieros.

El punto de partida de la desafortunada apuesta de la UE por crear una constitución común habían sido los temores de que sus mecanismos de toma de decisiones se vieran sobrecargados por el ingreso de tantos miembros, primero en mayo de 2004 y nuevamente al comienzo de este año. El tratado constitucional fue ideado originalmente para agilizar el sistema, y sólo más tarde se lo amplió, en un exceso de entusiasmo, hasta llegar al largo y pomposo documento que hoy es letra muerta.