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Muerte por renmimbi

WASHINGTON, DC – A lo largo de las últimas semanas, la depreciación del dólar frente al euro y el yen ha acaparado la atención mundial. En un mundo normal, se debería acoger con agrado el debilitamiento del dólar, pues ayudaría a los Estados Unidos a reducir su insostenible déficit comercial, pero, en un mundo en el que China mantiene vinculada su divisa al dólar con una paridad infravalorada, la depreciación del dólar podría provocar un daño económico mundial que complicaría aún más la recuperación de la actual recesión mundial.

Hace mucho que es necesario un realiniamiento del dólar. Su supervaloración comenzó con la crisis del peso mexicano de 1994 y fue consagrada oficialmente por la política de “un dólar fuerte” adoptada después de la crisis financiera del Asia oriental de 1997. Dicha política produjo aumentos del consumo a corto plazo para los Estados Unidos, lo que explica por qué fue popular entre los políticos americanos, pero a largo plazo ha causado un importante daño a la economía de los EE.UU. y ha contribuido a la crisis actual.

El dólar supervalorado hizo que la economía de los EE.UU. tuviera una hemorragia de gasto en importaciones, puestos de trabajo mediante la contratación externa e inversión en países con divisas infravaloradas. En la actual era de la mundialización, caracterizada por redes de producción flexibles y móviles, los tipos de cambio no afectan sólo a las exportaciones y las importaciones, sino también a la localización de la producción y la inversión.

China se ha beneficiado mucho de la política americana de un dólar fuerte, al que vinculó su propia política de “un renmimbi débil”. A consecuencia de ello, el superávit comercial de China con los EE.UU. aumentó de 83.000 millones de dólares en 2001 a 258.000 en 2007, justo antes de la recesión. En lo que va de 2009, el superávit de China ha representado el 75 por ciento del déficit comercial total de los EE.UU., excluido el petróleo. El infravalorado renmimbi ha convertido a China en una importante receptora de inversión extranjera directa, hasta el punto de ocupar el primer puesto mundial en 2002, logro asombroso para un país en desarrollo.