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La diplomacia de no interferencia de China

Desde su fundación, la República Popular China adhirió a una política exterior de no interferencia en los asuntos internos de otro país –o al menos eso dice-. Pero con el rápido ascenso de China y la integración cada vez más estrecha con el mundo exterior, esta doctrina se ha vuelto cada vez más anacrónica.

En el exterior, el rol de China en lugares como Sudán y Birmania no sólo genera el oprobio internacional, sino que también tiñe su reputación. Al mantener relaciones amigables con regímenes represores y protegerlos de las sanciones internacionales, China corre el riesgo de ser vista como su cómplice. Incluso cuando la voz de China podría ser decisiva a la hora de resolver crisis o impedir un derramamiento de sangre, en lugar de actuar, sus diplomáticos repiten las viejas perogrulladas sobre la no interferencia.

La reciente “revolución azafrán” en Birmania le planteó a China no sólo un desafío, sino también la oportunidad de ejercer su influencia. Sin embargo, reprobó la prueba de habilidad política una vez más al sentarse de brazos cruzados y simplemente exigir atemperación. Gracias a la connivencia de China, el sufrimiento del pueblo de Birmania continúa.

La mezcla de inacción de China con una actitud mercantilista hacia sus socios comerciales del Tercer Mundo da fe de la hipocresía de su política exterior. Ya que, en lo que tiene que ver con el acceso a los recursos naturales, China está más que dispuesta a ignorar su doctrina de no interferencia.