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Chile sigue su rumbo

BUENOS AIRES – Cuando Sebastián Piñera, el magnate moderadamente conservador que acaba de ser elegido Presidente, asuma el cargo el 11 de marzo, Chile experimentará lo que algunos politólogos consideran un punto de inflexión en toda transición a la democracia exitosa: la alternancia de los partidos políticos en el poder.

Después de que la dictadura del general Augusto Pinochet diera paso a la democracia en 1990, la coalición de centro izquierda conocida como Concertación ganó cuatro elecciones presidenciales libres y justas en forma consecutiva. Tras veinte años en el poder, ahora va a ceder el poder a la Coalición por el Cambio de Piñera, compuesta por su Renovación Nacional, de centro derecha, y la más conservadora Unión Demócrata Independiente.

El largo gobierno de la Concertación reflejó su éxito. En casi todos los ámbitos, desde la estabilidad política hasta el desarrollo económico pasando por la reducción de la pobreza, Chile ha tenido un muy buen desempeño durante los dos últimos decenios, ciertamente mucho mejor que el de sus vecinos latinoamericanos. La oposición derechista tuvo que resolver el rompecabezas consistente en derrotar a una coalición que había mantenido las políticas más exitosas de Pinochet (principalmente el modelo económico de libre mercado y orientación exportadora) sin estar contaminada (como muchos de los dirigentes de la Coalición) por vínculos con su sangriento régimen,

Piñera se benefició de su propia posición crítica hacia el gobierno militar y de una campaña electoral que subrayó los aspectos liberales –mucho más que los conservadores– de su coalición. En lugar de reivindicar al ya fallecido Pinochet y apelar a los valores católicos tradicionales, Piñera ofreció una visión centrista del cambio, incluyendo más derechos para los homosexuales y un énfasis en asuntos sociales (en un país que, incluso después de veinticinco años de intenso crecimiento, sigue siendo muy desigual).