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Enterrer Augusto Pinochet

Por fin, se puede decir que ha terminado la era post Pinochet en Chile. Treinta y seis años después de que la izquierda llegara por primera vez al poder, iniciando con el doctor Salvador Allende una revolución pacífica, apoyada en los votos y no en la lucha armada, los chilenos han vuelto a optar por un cambio no menor al elegir a una mujer socialista como su presidenta.

“Mi compromiso será recorrer junto a ustedes un tramo más de esta gran alameda de libertad que hemos venido abriendo”, afirmó Michelle Bachelet tras ser electa en enero, en una referencia explícita al último discurso de Allende desde el sitiado Palacio de La Moneda el 11 de septiembre de 1973, cuando anunciara que algún día, más temprano que tarde, se abrirían las grandes alamedas por donde “pase el hombre libre”.

La euforia de la calle tenía una impronta muy similar a las emociones que se apoderaron de ese Santiago de 1970, cuando Allende fue electo. Hasta el escenario desde donde habló Bachelet estaba casi en el mismo sitio donde Allende pronunció su histórico discurso de triunfo 36 años atrás. Pero el balcón de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile ya no existe, y hoy en su lugar hay grandes edificios y modernas estaciones de metro que han marcado los años de la historia de Chile transcurridos desde entonces.

Y si bien Michelle Bachelet es también médico y socialista, el Chile de hoy no es el país de 1970. No sólo porque los 17 años de Pinochet en el poder interrumpieron dramáticamente la democracia, dejando miles de ejecutados, desaparecidos y torturados, entre ellos, el propio padre de Bachelet, general de la Fuerza Aérea, quien murió a causa de las torturas sufridas en la cárcel por oponerse al Golpe. Los cambios son mucho más profundos, lo que explica cómo un país con una gran mayoría católica puede haber escogido como presidenta a una mujer socialista, agnóstica y madre soltera.