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La llamada de Breivik a las armas

NUEVA YORK – Supongamos por un momento que Geert Wilders, el político holandés que está convencido de que Europa está “en las fases finales de la islamización”, tiene razón: Anders Breivik, el asesino en masa noruego, está loco. Wilders dijo en Twitter: “Que un psicópata haya abusado de la lucha contra la islamización es repugnante y una bofetada en la cara del movimiento antiislam mundial”.

Esa suposición no es tan inverosímil. Asesinar a más de sesenta jóvenes inocentes en un campamento estival con un fusil de asalto, después de haber hecho estallar con una bomba una sección del centro de Oslo, es, por decirlo suavemente, moralmente excéntrico: algo que a la mayoría de las personas mentalmente sanas nunca se les ocurriría hacer.

Lo mismo es aplicable, naturalmente, a un grupo de jóvenes que deciden suicidarse y asesinar en masa estrellando aviones comerciales en grandes edificios públicos de Nueva York y Washington, pero ni Breivik ni los terroristas del 11 de septiembre de 2011 mataron sin motivo, al modo de algunos nihilistas americanos que disparan contra personas inocentes. Los islamistas no consideran sus actos de asesinatos en masa y al azar reclamos publicitarios personales, sino una táctica en una guerra santa contra el decadente y pecador Occidente.

Breivik es, a su juicio, un guerrero del otro bando. Su fin era el de proteger a Occidente de la islamización. Sus enemigos no son sólo musulmanes, sino también las minorías progresistas occidentales y sus hijos, que estaban destruyendo Europa desde dentro mediante el “multiculturalismo” y el “marxismo cultural”.