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Un Afganistán afgano

NUEVA DELHI – Mientras se prepara para sus próximas elecciones presidenciales, el Afganistán se encuentra en otra coyuntura decisiva, con su unidad e integridad territorial en juego después de 35 años de guerra incesante. ¿Podrá por fin ese país escapar del ciclo de militancia e intervención extranjera que ha padecido durante más de tres decenios?

Dos cuestiones decisivas están caracterizando los debates sobre la trayectoria del Afganistán después de 2014. La primera es la de hasta qué punto se inmiscuirá el Pakistán en los asuntos afganos, ayudando, por ejemplo, y brindando complicidad a los talibanes afganos y sus principales aliados, incluida la red Haqqani y la milicia de Gulbuddin Hekmatyar. Dependerá de si, para conceder su generosa ayuda al Pakistán, país con escasa disponibilidad de efectivo, los Estados Unidos ponen la condición de que deje de intervenir en el Afganistán.

La segunda es la de si las fuerzas de la OTAN encabezadas por los Estados Unidos seguirán desempeñando algún papel en el Afganistán. No es un secreto que el Presidente de los EE.UU., Barack Obama, quiere mantener una presencia militar americana en el país, revocación de su declaración de 2009 de que los EE.UU. no pretendían tener bases militares en él.

De hecho, los EE.UU. llevan varios meses celebrando una delicadas negociaciones con el Gobierno del Afganistán para concertar un acuerdo bilateral de seguridad que les permitiría mantener bases en ese país de forma prácticamente indefinida. Lo que debía ser un final de partida para el Afganistán se ha convertido en una nueva partida sobre la estrategia de los Estados Unidos en materia de bases militares.