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La política como deporte sangriento

PRINCETON – El ex Presidente de los Estados Unidos Bill Clinton pronunció uno de los mejores discursos de su vida en la reciente Convención Nacional Demócrata. Una de las mayores salvas de aplausos se produjo cuando dijo que el nombramiento por el Presidente Barack Obama de Hillary Clinton como su Secretaria de Estado después de que hubiera sido su principal rival político demostraba que ”la democracia no tiene que ser un deporte sangriento”.

Aquel aplauso reflejó la opinión de la mayoría de los votantes americanos de que la política de los Estados Unidos ha llegado a ser demasiado partidista y los rivales están más interesados en atacarse –“hacer sangre”– que en centrarse en las cuestiones políticas, pero lo que el Presidente Clinton estaba diciendo en realidad era que la capacidad de la Secretaria Clinton para trasladarse a otros países y trabajar con su ex rival político en pro del interés nacional es un ejemplo palmario de cómo debe funcionar la democracia.

Se trata de una observación importante, porque en demasiados países la democracia sigue siendo –literalmente– un deporte sangriento. El valor del voto es el de conseguir el poder y después hostigar, detener o incluso matar a los oponentes. Como reza la consigna: “Un hombre, un voto, una vez”. De hecho, la Fundación Nacional para la Democracia de los EE.UU. califica algunos países de “dictaduras electorales”.

Muchos temen precisamente semejante resultado para el despertar árabe, en el que movimientos populares derriben a déspotas para después instalar a nuevos dictadores mediante las elecciones. La única forma de evitarlo es estar mas comprometido con el proceso de elección de un gobierno libre y justamente que con el dirigente o el partido que resulte elegido, aun cuando el vencedor sea francamente enemigo de los intereses propios.