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La superación de la desilusión revolucionaria

Todas las revoluciones, al final, pasan de la euforia a la desilusión. En una atmósfera revolucionaria de solidaridad y autosacrificio, los participantes suelen pensar que, cuando su victoria sea completa, el Paraíso en la Tierra será inevitable. Naturalmente, nunca llega el Paraíso, sino la decepción, lógicamente. Eso es lo que parece suceder en la Ucrania actual, cuando su población se prepara para votar un nuevo parlamento poco más de un año después de su lograda "revolución anaranjada".

La desilusión posrevolucionaria, en particular después de las revoluciones contra el comunismo –y en el caso de Ucrania la revolución contra el poscomunismo– está arraigada en la psicología humana. Unas nuevas circunstancias imponen nuevos imperativos para la mayoría de las personas. Antes, el Estado lo decidía todo y muchas personas, en particular de las generaciones de edad mediana y avanzada, empezaron a ver la libertad como una carga, porque entrañaba la necesidad de adoptar decisiones continuamente.

A veces he comparado ese ennui psicológico con mi propia situación poscarcelaria: durante años anhelé la libertad, pero, cuando por fin fui liberado, tenía que adoptar decisiones todo el tiempo. Al verse de repente en la necesidad de adoptar muchas decisiones todos los días, se empieza a sentir dolor de cabeza y a veces, inconscientemente, se desea volver a la cárcel.

Probablemente esa depresión sea inevitable, pero, en una escala social, con el tiempo se supera, al crecer las nuevas generaciones. De hecho, quince años después de la desintegración de la Unión Soviética, una nueva catarsis parece estar en marcha y la "revolución anaranjada" de Ucrania formó parte de ella.