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Que descansen en paz los valores asiáticos

NUEVA YORK – Pocos políticos han cosechado tantos efusivos homenajes públicos después de sus muertes como lo hizo Lee Kuan Yew, fundador de Singapur y su primer ministro por un largo período. Un hombre a quien Henry Kissinger llamó sabio, y el presidente ruso Vladimir Putin consideró como un modelo de conducta política y Barack Obama describió como “un verdadero gigante de la historia” es un hombre que debe haber hecho algo bien.

Una cosa es indiscutible: la influencia de Lee fue muchas veces mayor que su autoridad política real, autoridad que, a su evidente frustración cuando Singapur y Malasia se separaron en 1965, nunca se extendió más allá de los estrechos límites de una pequeña Ciudad-Estado del sudeste asiático. La influencia más profunda que Lee tuvo fue en la China post-Mao, donde el auge económico empresarial coexiste con un Estado autoritario, unipartidista y leninista.

Lee fue el pionero del capitalismo con mano de hierro. Su partido llamado “Partido de Acción Popular”, a pesar de ser mucho menos brutal que el Partido Comunista de China, impuso su autoridad sobre un Estado de facto unipartidista. Lee, al igual que muchos líderes autoritarios (Mussolini, para mencionar uno), fue socialista en algún momento. Pero su pensamiento recibió la influencia de remembranzas extrañamente nostálgicas de la disciplina colonial británica y de su propia interpretación del confucianismo, misma que hace hincapié en la obediencia a la autoridad, pero ignora el derecho a disentir, que también es parte del confusionismo.

La activa economía, el bienestar material y la eficiencia sin complicaciones de Singapur parecen confirmar la opinión de muchos sobre que el autoritarismo funciona mejor que la democracia, al menos en algunas partes del mundo. Por lo tanto, no es de extrañar que Lee fuera tan admirado por los autócratas de todo el mundo quienes sueñan con combinar su monopolio del poder con la creación de una gran riqueza.