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Asia y sus disfuncionales democracias

La abrupta renuncia del Primer Ministro de Tailandia, Thaksin Shinawatra, no es más que otra señal de una perturbadora paradoja: mientras más “vigor” adquiere la democracia en Asia, más disfuncional se vuelve.

No faltan ejemplos. El intento de los partidos de oposición el año pasado de destituir mediante el juicio político al Presidente de Corea del Sur, Roh Moo Hyun, con la más débil de las excusas; la imposibilidad del Presidente de Taiwán, Chen Shui-bian, de lograr aprobar iniciativas legislativas en un parlamento controlado por el opositor Kuomintang; el estancamiento del primer periodo de la Presidenta de Filipinas, Gloria Macapagal Arroyo y los insistentes rumores de un golpe de estado en ciernes contra ella: cada una de estas situaciones es testimonio de una forma de parálisis democrática en Asia.

Si la situación de punto muerto y confusión fuera el único resultado, estos conflictos políticos podrían ser tolerables. Pero el estancamiento crónico ha puesto a varias democracias asiáticas frente a la amenaza del descrédito, la violencia potencial y la perspectiva de un declive económico.

De hecho, los precedentes de inmovilidad democrática en Asia poco tienen de esperanzadores. Por ejemplo, desde la creación de Pakistán en 1947, las divisiones partidistas hicieron que ningún gobierno electo haya sido capaz de completar su periodo. De modo que los desalentados paquistaníes han aprendido a aceptar al gobierno militar como cosa del destino.