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El capitalismo amiguista estadounidense se va a la guerra

Cuando la crisis financiera golpeó a Asia en 1997, los líderes estadounidenses acusaron a los gobiernos de ese continente de practicar un capitalismo amiguista. En retrospectiva, esa acusación se ve como una total hipocresía. Los Estados Unidos han demostrado ser los campeones del amiguismo, primero con sus escándalos corporativos de los años recientes, y ahora en Iraq. Los capitalistas asiáticos se habrán robado algún botín prestado, pero al menos no mezclaron las finanzas con la guerra.

Cualesquiera que hayan sido los objetivos de la guerra en Iraq, la administración Bush parece estar muy interesada en llenar los bolsillos de sus amigos y en lograr un mayor control sobre el petróleo y los gasoductos del Medio Oriente. Sólo hay algunos obstáculos molestos (la ONU y el pueblo iraquí) en su camino.

La guerra contra Iraq se emprendió aparentemente por causa de las armas de destrucción masiva de Saddam. Sin embargo, cada día que pasa sugiere que se exageró la amenaza. También hubo otro objetivo de peso: el control del 11% (o más) de las reservas munidales de hidrocarburos y, a largo plazo, el control de los oleoductos entre el Mediterráneo, el Mar Caspio y el Océano Indico.

El fracaso en encontrar las armas de destrucción masiva de Saddam pone de relieve el intento de los EU por apoderarse del petróleo iraquí. El equipo Cheney-Rumsfeld es tan arrogante que actúa como si pudiera alardear de la apropiación del petróleo del Medio Oriente y evadir las preguntas. El año pasado en Afganistán, los EU instalaron a Hamid Karzai, ex-consultor del gigante petrolero Unocal, como líder interino. También nombraron a Kalmay Khalilzad, otro ex-consultor de Unocal (de hecho, el jefe de Karzai) como enviado especial.